1 de Mayo día de la clase obrera, la única clase verdaderamente revolucionaria

13082522_10154801042963136_7000944706951431375_ndante_w.- La crisis de 2008 agudizó enormemente el antagonismo del modo de producción capitalista con la vida de las personas. La retirada de capital del sector de la construcción con el consiguiente descenso de la demanda de fuerza de trabajo, provocó un enorme aumento de la tasa de paro, agudizando la competencia entre los trabajadores en el mercado laboral, lo que unido a las últimas reformas laborales permitió una bajada generalizada de salarios que aceleró la precarización de las condiciones laborales que se venía sufriendo en la última década.

Cuando hace casi dos siglos Carlos Marx y Federico Engels escribieron el Manifiesto del Partido Comunista prácticamente la única clase que se encontraba bajo el yugo de lo que ellos denominarían como “esclavitud asalariada” era el proletariado, los trabajadores manuales.

Sin embargo desde entonces cada vez más sectores de la sociedad se han visto sometidos al yugo del trabajo asalariado. Profesiones liberales que en otra época gozaban de gran reconocimiento social y eran garantía de un nivel de vida al menos aceptable: periodistas, médicos, ingenieros, arquitectos, diseñadores, creativos, abogados…  hoy son desempeñadas a cambio de un salario que en muchas ocasiones apenas llega para sostener una familia y pagar una vivienda.

Cada vez más sectores de la sociedad que desempeñan trabajo de tipo intelectual se ven obligados a someterse a la competencia en el mercado laboral, que les lleva inexorablemente a aceptar salarios cada vez más bajos y por tanto condiciones cada vez más precarias de vida. Si en la época de la esclavitud el amo debía garantizar al esclavo un techo y el sustento para él y su familia, la esclavitud asalariada hoy no garantiza que el salario alcance si quiera para estas necesidades básicas. Pero si redujéramos la explotación capitalista a los bajos salarios o la precariedad laboral estaríamos ocultando el auténtico carácter del capitalismo.

Hoy como en la época de Marx la piedra angular del capitalismo sigue siendo la riqueza que los obreros generan en las fábricas, las obras o las minas, y que se ven obligados a entregar a los capitalistas a cambio de un salario. La ganancia de un capitalista que por ejemplo sea dueño de una mina de carbón, proviene de vender el carbón que los mineros sacan de su mina. Por una parte de ese carbón obtendrá el equivalente al sueldo que pagó a los mineros y el resto serán sus beneficios. Beneficios que podrá destinar entre otras cosas a contratar ingenieros que mejoren la maquinaria para que los mineros extraigan más carbón en el mismo tiempo y por tanto por el mismo salario. O a financiar una campaña publicitaria para su empresa con creativos, diseñadores etc…

Hace un siglo, esos ingenieros, creativos, diseñadores etc… hubieran sido dueños de su propio negocio. Hubieran sido profesionales respetados que vivirían de vender su propiedad intelectual. Hoy mayoritariamente serán trabajadores asalariados en una empresa de servicios. Son todos trabajadores asalariados y todos sufren gravemente las consecuencias de la competencia en el mercado laboral, las crisis, el desempleo… la precariedad…

Pero a pesar de esto, los trabajadores intelectuales no se enfrentan aún al capitalismo de la misma forma que los trabajadores manuales.

Mientras los obreros se organizan en sindicatos para negociar las condiciones laborales colectivamente y evitar así la competencia entre ellos mismos en el mercado laboral, y en partidos obreros que se proponen acabar con el régimen de “esclavitud asalariada”.  Los trabajadores intelectuales rechazan la organización en sindicatos, aceptan la competencia en el mercado laboral como la sana competencia que determina quien tiene más talento. No atisban a ver mayor contradicción económica en el capitalismo que el desfalco de los políticos corruptos, de forma que si se organizan políticamente no es como trabajadores, sino como ciudadanos para reclamar los puestos entre los “profesionales de talento”, que acapara esa “casta” que se perpetua en la política y las grandes empresas.

Los trabajadores intelectuales aún conservan su conciencia pequeñoburguesa y pretenden luchar con la fuerza de sus ideas. Los trabajadores manuales luchan con la fuerza del número, la organización y la disciplina.

Los trabajadores intelectuales aún defienden sus intereses pasados, añoran periodos anteriores de la Historia, cuando el lugar que ellos ocupan ahora en la producción era propio de profesionales de renombre y no de simples esclavos asalariados o sencillamente a momentos en los que la competencia en el mercado laboral era menos aguda y su profesión les permitía vivir de un “salario digno”.

Por el contrario los trabajadores manuales, los obreros, luchan por liberarse del yugo del trabajo asalariado, por instaurar un nuevo régimen de propiedad, unas relaciones económicas, sociales y políticas que rompan con la explotación capitalista que se basa en la expropiación de la plusvalía generada por los obreros.

Los trabajadores intelectuales serán una y otra vez derrotados mientras pretendan defender los intereses de la pequeña burguesía que ya no son. Sólo podrán triunfar si se unen en la lucha con sus hermanos los obreros manuales y aprenden de éstos la organización colectiva y compacta en los sindicatos, que la justeza de sus ideas debe ir unida a la fuerza del número y a la disciplina consciente para vencer.

Una vez más, en el 1 de Mayo ¡Trabajadores del mundo uníos!

“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar.”

 (K.Marx y F. Engels “Manifiesto del Partido Comunista”).

El proletario no es nada mientras sigue siendo un individuo aislado. Todas sus fuerzas, toda su capacidad de progreso, todas sus esperanzas y anhelos las extrae de la organización, de su actuación sistemática, en común con sus camaradas. Se siente grande y fuerte cuando constituye una parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo es todo para él, y el individuo aislado, en comparación con él, significa muy poco. El proletario lucha con la mayor abnegación, como partícula de una masa anónima, sin vistas a ventajas personales, a gloria personal, cumpliendo con su deber en todos los puestos donde se le coloca, sometiéndose voluntariamente a la disciplina, que penetra todos sus sentimientos, todas sus ideas.

Muy distinto es lo que sucede con el intelectual. No lucha aplicando, de un modo u otro, la fuerza, sino con argumentos. Sus armas son sus conocimientos personales, su capacidad personal, sus convicciones personales. Sólo puede hacerse valer merced a sus cualidades personales. Por esto la plena libertad de manifestar su personalidad le parece ser la primera condición de éxito en su trabajo. No sin dificultad se somete a un todo determinado como parte al servicio de este todo, y se somete por necesidad, pero no por inclinación personal. No reconoce la necesidad de la disciplina sino para la masa, pero no para los espíritus selectos. Se induye a sí mismo, naturalmente, entre los espíritus selectos. La filosofía de Nietzsche, con su culto del superhombre, para el que todo se reduce a asegurarse el pleno desarrollo de su propia personalidad, al que parece vil y despreciable toda sumisión de su persona a cualquier gran fin social, esta filosofía es la verdadera concepción del mundo del intelectual, que le inutiliza en absoluto para tomar parte en la lucha de clase del proletariado.” (V.I. Lenin “Un paso adelante, dos pasos atrás”).

 

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