Patrimonio, patriarcado, patria

BiJ4pd3IgAAO050dante_w .-  Este 8 de marzo celebramos el día de la mujer trabajadora enfrentándonos a un virulento ataque a la libertad de las mujeres. La ley del aborto de Gallardón hace retroceder décadas a la sociedad española en cuestión de derechos y libertades sociales.

Pero este retroceso no es un hecho aislado fruto de la moral conservadora del gobierno o del propio Gallardón. Se encuentra enmarcado en la destrucción de los derechos conquistados por la clase obrera que estamos viviendo. Y no puede ser de otra manera ya que la lucha por la libertad de las mujeres está íntimamente ligada a la lucha por la libertad de la clase obrera, la lucha por acabar con la sociedad de clases.

La obligatoriedad de la reproducción para las mujeres, y por tanto la criminalización del aborto, está en la base de toda explotación y de toda opresión. Las mujeres no podrán ser plenamente libres mientras existan las clases sociales. Las clases explotadas y oprimidas no pueden liberarse sin derribar el régimen de propiedad vigente y por supuesto la forma de propiedad más primitiva que pervive hasta nuestros días, la propiedad de los hombres sobre las mujeres, el patriarcado.

Como explica Federico Engles en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, la explotación y la opresión sobre el ser humano no hubieran podido existir sin la propiedad del hombre sobre la mujer. La aparición del patriarcado está en la base de la acumulación de riqueza, la aparición de las clases sociales, la explotación de unas sobre otras y la opresión del Estado. Patriarcado, patrimonio, patria.

La propiedad comunal sobre los hijos, propia de las sociedades matriarcales primitivas, impedía cualquier acumulación de riqueza. Cuando una mujer moría sus propiedades pasaban a ser propiedad de sus hijos y de los de sus hermanas, es decir de todo el clan. Cuando un hombre moría, la imposibilidad de determinar su descendencia imponía que sus propiedades pasasen a ser propiedad del clan de su madre por derecho materno.

Pero el trabajo de los hombres generaba cada vez más propiedades, al principio los útiles de caza, después el ganado, los útiles de labranza y la tierra. Y ningún hombre puede garantizar el derecho de herencia de su descendencia  sin garantizar su propiedad sobre la mujer. La imposición del patriarcado permitió a los hombres establecer el derecho paterno, por el cual su herencia pasaba únicamente a sus hijos, permitiendo la acumulación de riqueza, de patrimonio,  en una misma familia.

De la acumulación de riqueza en manos de unas pocas familias surgieron las desigualdades de clase.  Y si los hombres habían impuesto su propiedad sobre las mujeres, pronto las clases propietarias impusieron su propiedad sobre los desposeídos. Surgió la explotación en su forma más primitiva, la esclavitud. Así los propietarios, los patriarcas, necesitaron también imponer la obligatoriedad y el control de la reproducción de las clases explotadas. El cuerpo de la mujer tiene la virtud de ser el medio de producción de seres humanos y con ello de la mercancía más valiosa para los explotadores, la fuerza de trabajo humana.

Detrás de la falsa moral o la defensa de los “derechos del no nacido” de la que habla Gallardón no se esconde otra cosa que el frío cálculo de la oferta y la demanda, el precio que los explotadores habrán de pagar en el mercado de esclavos o en su versión moderna el  “mercado laboral”. Cuantos más obreros haya mayor será la competencia entre ellos y menor será el salario que hay que pagarles. Cuanto más barato sea el esclavo o su fuerza de trabajo, mayor será el beneficio, la plusvalía que se extrae de su trabajo.

Imponer la obligatoriedad de la reproducción para las mujeres, perpetuar la propiedad del hombre sobre la mujer, es una necesidad tan vital para la clase dominante como lo es para la clase explotada luchar por acabar con el régimen de propiedad patriarcal.

La lucha por la libertad de las mujeres está íntimamente ligada a la lucha de clases, porque es lucha de clases. La clase obrera no puede luchar de forma consecuente por su libertad si no es cuestionando de base el régimen de propiedad patriarcal. Es por esto que las conquistas sociales de la clase obrera y de la mujer avanzan y retroceden juntas.

Aquellos que dicen defender a la clase obrera pero desligan su lucha de la lucha por la aniquilación del patriarcado, del régimen de propiedad vigente y con él del régimen de propiedad del hombre sobre la mujer son enemigos de la clase obrera pues no luchan por acabar con el régimen que perpetua su explotación. Defienden derechos para los esclavos para perpetuar la esclavitud.

Quienes  se dicen defensores de los derechos de las mujeres, pero borran el carácter de clase de la lucha de las mujeres contra el régimen de propiedad patriarcal no defienden más que el derecho de las mujeres de la clase dominante  a ocupar su lugar como explotadoras, a acumular riqueza como patriarcas dentro del régimen de propiedad vigente y son por tanto enemigos de la lucha de las mujeres por liberarse de la propiedad del hombre.

Si este 8 de marzo lo celebramos en pleno retroceso en las libertades de la mujer es precisamente por la debilidad y la división que estos enemigos de clase han sembrado en el movimiento revolucionario. Por eso ahora más que nunca es una tarea urgente reivindicar el carácter de clase de la lucha por la libertad de la mujer.

¡Viva el  8 de marzo!

¡Viva la lucha de la mujer trabajadora!

 

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