Perder sin darse cuenta

Escribía Jota Mario Valencia en su libro Insúltame si puedes acerca del “ingenio de escalera”: ¿A quién no se le ha ocurrido la réplica perfecta justo al término de una  discusión? A veces, la intensidad y acaloramiento que tienen lugar en los debates nos hacen perder esa chispa momentánea, la respuesta adecuada que puede hacernos salir victoriosos. Creemos tener tiempo para enderezar la situación, rectificar el argumento y demostrar nuestra capacidad comunicativa. Horas más tarde echamos la vista hacia atrás y comprendemos el asunto: ya habíamos perdido a mitad de la disputa.

En política, las rectificaciones sobre la estrategia son algo más complejas, pues la capacidad para crear narrativas nuevas que desbanquen a las anteriores queda condicionada constantemente a la correlación de fuerzas políticas y mediáticas. Si además a esa ecuación le sumamos una cultura política poco proclive al análisis paciente, el resultado nos condena al funambulismo infinito. Y algo parecido le ha pasado a Podemos durante los últimos meses.

Iñigo Errejón lo dejó bastante claro al cierre del Congreso Internacional “Populismo vs. Republicanismo” a finales de septiembre: “hay que creerse mis narrativas, pero hasta cierto punto”. La táctica comunicativa basada en la contienda por los significantes vacíos no es un manual de contenidos, sino una acción política con capacidad de articular mayorías sociales entorno a una estrategia: gobernar para transformar la sociedad. Sin embargo, venimos observando cómo algunos sectores han confundido la táctica con la estrategia: el conflicto actual en Podemos parte de un desacuerdo en las formas como si aquello fuera el horizonte del proyecto político. ¿Dónde están los documentos en los que se desarrolla de manera exhaustiva la diferencia de contenidos entre una parte de Podemos y otra? ¿De qué modo se articulan y clarifican los diferentes modelos de país propuestos por unos y otros? Nos sorprendería hasta qué punto existe una incapacidad dialéctica para responder de manera satisfactoria a estas preguntas, las cuales Pablo e Íñigo deberían haber despachado desde el día siguiente a las elecciones del 20D.

Pero déjenme plantear una posibilidad, la de que no exista pablismo ni errejonismo, sino sólo pablistas y errejonistas. Desde que los poderes fácticos entendieron que existía el riesgo de que Podemos –o Unidos Podemos- gobernara España, los intentos de desestabilización se han sucedido unos a otros y, sin embargo, han conseguido hacer diana con su última jugada. En un alarde casi patológico de obsesión periodística, El País y otros medios de comunicación han dedicado no pocas editoriales y portadas de periódicos a explicarnos pacientemente en qué consistía “eso del pablismo y errejonismo” y, lo que es peor, hemos dejado que nos lo expliquen.

Con una pequeña búsqueda en Google se puede apreciar la gravedad del asunto: mientras no ha existido un debate interno donde se pusieran ambas posturas sobre la mesa más allá de tremendas odas a la participación y absurdas disputas por el concepto de “radicalidad”, los grandes grupos de comunicación han desplegado su artillería para contarnos de qué iba esta historia, de moderados y radicales, de Izquierda Unida 2.0 PSOE 2.0 o de la calle contra las instituciones. Incluso existen “guías” para entender el conflicto entre el Secretario General y el número dos de la formación, por no hablar de las completísimas listas de cargos afines a uno y a otro elaboradas por Losantos.

Aquí llegamos a la paradoja de la cuestión: resulta que aquellos que menos tienen que ver con la vida orgánica del partido quieren ser los mejores para explicarnos las disputas internas del mismo. La dinámica del partido convertida en revelación sociológica, filtrada adecuadamente por los medios de comunicación y convertida en verdad incuestionable para el militante. Dejamos que nos expliquen qué es Podemos precisamente aquellos que jamás han ido a una asamblea. Permitimos que nos impongan sus marcos de reflexión sin cuestionar que quizá, y solo quizá, es sólo un número más de su truco final. Por el camino nos vamos dejando y perdemos la partida sin darnos cuenta, no sólo a través de las Redes Sociales si no creando entre las bases un modelo que responde más al hooliganismo que a un activismo comprometido, provocando a la hinchada constantemente, pues como buenos hooligans no importa si tu equipo pierde o gana, solo importa medir los destrozos. Y la toxicidad se abre paso en medio del desarrollo del proyecto, los círculos se vacían y todavía pretendemos desconocer los motivos.

Parece difícil concebir la construcción sana de un partido si sus propios miembros se dedican a destrozarlo día tras día en Facebook, Twitter y alguna que otra tribuna periodística. Como sociólogo prefiero preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí en vez de dejar que me organicen mi vida política. Cuando las organizaciones se dotan de unas normas, unas formales y otras consuetudinarias, su vida orgánica queda empapada de ambas. Se crean patrones de conducta estructurales que configuran el modo en el que participamos en ellas, en este caso patrones cuyo origen radica en un consenso llamado Vistalegre. Sí, esas reglas que nos dimos entre todos para ganar el país y devolver la dignidad a sus gentes, esas reglas que, debido a factores coyunturales, eran más efectistas que garantistas y más dirigistas que cooperativas. Pero no nos importó porque en aquel momento casi tocábamos el cielo con las manos.

Ahora somos nosotros mismos los que echamos pestes de aquella Asamblea Ciudadana, de una organización que dejó por escrito en sus estatutos un margen de maniobra considerable para su Secretario General. Ahora nos parece mal, pero en vez de recorrer constructivamente nuestra historia la desechamos y le compramos la narrativa a las élites mediáticas de este país. Y no lo está haciendo nadie por nosotros, parece que solitos nos bastamos para ponernos de rodillas y dar comienzo al antiguo ritual japonés.

Nosotros, precisamente votantes de Podemos cuya movilización tiene origen en un descrédito hacia las instituciones y una frustración política transformadas en esa rabia que cambia vidas, especialmente ese perfil electoral más volátil, damos por bueno lo que nos cuentan, perdemos la iniciativa, convertimos la épica en un gasto irrelevante de energías que no conduce a nada. Perdemos sin darnos cuenta e incluso puede que ya hayamos perdido. Los estudiantes bien lo saben, no se suspende el examen al entregarlo, sino al no prepararlo los días anteriores.

Autor: Rubén Gómez, ruben.g.moran@gmail.com

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