Intentar ocultar el sol con un dedo

FRACISCO JAVIER GONZÁLEZ ./.

Conviene recordar, aun someramente, en estas primeras líneas cuáles eran algunos de los debates y de las opiniones que, allá por el ya lejano mes de febrero, sostenían ciertas personas muy respetadas en el ámbito intelectual de occidente. Cuando el brote del SARS-CoV-19 era todavía una realidad circunscrita a una remota provincia de China, se llegó a plantear que la epidemia, causante a día más de 80000 contagios y cerca de 5000 muertes en el país asiático, podía de algún modo constituir un “nuevo Chernóbil”. Es decir: del mismo modo que para la extinta Unión Soviética el desastre nuclear de Chernóbil supuso, según el relato de la historiografía tradicional alimentado por Mijail Gorbachov, el primer paso hacia su colapso definitivo, la nueva enfermedad podría significar el inicio del fin del modelo chino iniciado tras la muerte de Mao Tse Tung.

Aquellas mentes preclaras quizá se precipitaran analizando los efectos políticos de la enfermedad antes de que esta hiciera presa en Europa occidental, EEUU y Latinoamérica. Aunque solo el tiempo determinará si erraron o no completamente el tiro, lo cierto en cualquier caso es que  el curso de los meses ha deparado que los territorios donde más y más funesta incidencia ha tenido la nueva enfermedad sean aquellos donde el modelo neoliberal ha echado robustas raíces en las últimas décadas.

Dice un refrán castellano que las comparaciones son odiosas  y esto lo saben con particular certeza los cuadros dirigentes de los estados occidentales. De ahí, probablemente, la insistencia en cuestionar las cifras oficiales de contagiados y muertes de China -muy positivas en relación con las suyas- por parte de miembros de la UE como Francia y Alemania y, en especial, de EEUU.

Es cierto que quien escribe no posee ni los medios ni los conocimientos suficientes para negar o dar por buenos los números ofrecidos al mundo por el gobierno chino; igualmente cierto es que quienes ponen en duda las cifras chinas no ofrecen una argumentación razonada, basada en argumentos o pruebas sólidas, sino que solo rechazan la información oficial, cubriéndola con un manto de sospecha. No parece, pues, que la intención sea la de ofrecer al mundo una información veraz y acorde a la realidad, sino extender la suspicacia de que el gobierno chino miente, o, lo que es lo mismo, lanzar una campaña propagandística indiferente a la verdad de los hechos. 

El gobierno estadounidense ha sido especialmente zafio en este punto, llegando al extremo de acusar directamente a China de diseñar y propagar intencionadamente un virus que causa a diario miles de muertes en todo el mundo. Ya hemos sido testigos de cómo, ante unos hechos que aún impiden presentar el modelo alternativo como inoperante o incapaz, se lo caricaturiza como perverso o draconiano, de modo que toda comparación resulte así invalidada por ilegítima desde un punto de vista moral. Porque ¿cómo poner al mismo nivel de una presunta democracia consolidada y garantista a una presunta dictadura asesina, por mucho que las cifras de muertos e infectados de esta última sean mucho mejores o por mucho que las consecuencias laborales y sociales de la pandemia sean infinitamente menos lesivas?

Comparaciones y estrategias propagandísticas al margen, lo que la realidad evidencia es que la COVID-19 ha golpeado y está golpeando con una virulencia extrema al capitalismo mundial y, en especial, a su gran emblema político, EEUU. Sus fallecidos se cuentan casi por los 110000, evidenciando de nuevo la fatalidad de no ofrecer a la población cobertura sanitaria pública y universal. Las consecuencias laborales son también catastróficas: 20 millones de personas han perdido sus empleos en los últimos dos meses y la situación social nos ha hecho especialmente evidentes dos problemáticas que EEUU arrastra prácticamente desde su fundación y que en el contexto de la pandemia incontrolada y el desempleo galopante, parecen configurar el relato visual de la desintegración y del fin de un época: los grupos armados, de tendencia libertaria, que no reconocen la autoridad gubernamental -especialmente activos en el inicio de la pandemia- y, como hemos visto en los últimos días, el racismo.

El asesinato a sangre fría del ciudadano George Floyd, inerme, a manos de un policía de Minneapolis nos ha vuelto a recordar la situación a la que allí se enfrenta la población negra. Circulan estadísticas que afirman que una persona negra tiene el triple de posibilidades de morir a manos de los cuerpos de seguridad que cualquier miembro de la población blanca; además, de tanto en tanto conocemos de algún caso especialmente obsceno -como el de Floyd- de brutalidad policial que sacude las conciencias del mundo y genera una ola de indignación y protestas en el país norteamericano.

Nunca faltan en estas circunstancias los sicofantas mediáticos que se regodean en lo que el filósofo esloveno Slavoj Zizek llama la “violencia subjetiva” (saqueos, agresiones etc.) de los manifestantes, obviando convenientemente la “violencia objetiva”, invisible, naturalizada y sancionada por la ley y la costumbre que  las minorías raciales en general y la población negra en particular padecen y que oficia como el marco de referencia necesario para entender tanto la impugnación general, como los estallidos de destrucción ciega que la acompañan.

Lo impactante de las imágenes y el despliegue militar les facilitan, naturalmente, la tarea. Pero, de cualquier modo, estas reacciones violentas, sin programa y contra cualquiera o cualquier cosa, solo constituyen un apéndice del movimiento que hemos presenciado en los últimos días en EEUU y, por ello mismo, algo que no pasa de lo anecdótico desde un punto de vista general.

Lo verdaderamente significativo viene representado por el hecho de que un grupo de ciudadanos de iure denuncian, a la vista de la violencia y discriminación de que son pasibles, que no se les otorga de facto aquella condición. Reclaman, por lo tanto, dejar de integrar la parte invisible del espacio social republicano y el fin de la contradicción que nunca se hace explícita, pero que siempre permanece latente, entre los términos y conceptos “negro” y “ciudadano”. No se trata de un movimiento  que formule o reivindique una alternativa económica o política (no se cuestionan, por ejemplo, el modelo de propiedad o la democracia representativa como tales) y la ruta para alcanzarla, sino el pleno ingreso de un grupo racial en aquello que ya existe para otros y que les es inalienable. Su objetivo, pues, es el de evidenciar un conflicto y hacer notar que ellos y ellas mismas suponen un problema social que no puede seguir siendo ignorado.  

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