Breve Historia del Libro

Fco. JAVIER GONZÁLEZ /  La historia del libro, que se extiende por un período que abarca aproximadamente 5000 años, es la historia de los desarrollos técnicos que la humanidad ha realizado para fijar y brindar a las generaciones futuras el punto de partida de su experiencia y conocimientos acumulados. Estos días, en que se habría de celebrar la semana del libro, parecen el momento ideal para realizar un breve repaso por las variadas formas que el objeto libro ha recorrido desde su origen hasta nuestros días.

El primer hito, naturalmente, de esta larga historia no lo puede representar otro que la invención de la escritura, aunque quizá sería más preciso hablar en plural, de escrituras. En un mundo donde las comunidades constituían compartimentos estancos que solo interactuaban muy puntualmente por el comercio y la guerra, resulta natural que, ante la misma necesidad de registrar la lengua oral por escrito con fines contables, litúrgicos o monumentales, cada cual desarrollara un sistema propio sin relación con el resto. Silabarios (cultura china y cultura minoico-micénica), jeroglíficos (cultura egipcia) o escritura cuneiforme (cultura mesopotámica) fueron los métodos de escritura de las primeras grandes civilizaciones urbanas tanto en oriente como en occidente; solo posteriormente, en algún punto del tercer milenio a. C., se desarrolló la escritura alfabética en las tierras de oriente próximo de la mano de los pueblos semitas.

Los soportes en que se insertaban dichos sistemas y que constituyen la primera forma de libro en el sentido en que se viene empleando el término poseían las más abigarradas formas: piedra, tablillas de barro o cera o papiro. El empleo de este último, producido a partir de la planta homónima especialmente abundante en el delta del Nilo, se impuso al de otros materiales como la piedra o los metales, -a los que se recurriría posteriormente para fijar textos cuya vigencia se buscaba ad aeternum- ya que su uso representaba respecto de aquellos importantes ventajas económicas y logísticas. Fue el material predominante, en formato rollo, para los libros en la Grecia antigua y en la Roma republicana hasta la invención en Pérgamo de la vitela o el pergamino. Este nuevo material supuso una auténtica revolución en lo que al formato del libro se refiere: propició el cambio del antiguo rollo de papiro por el códice rectangular, en esencia y olvidando el tamaño y otras cuestiones de acabado, igual a nuestros modernos libros en papel. La generalización del nuevo soporte multiplicó la capacidad productiva del sector librero, aumentando la capacidad de copia manuscrita y haciendo posible, en época imperial romana, el aumento de talleres dedicados a aquella actividad y un gran auge del comercio editorial. La última gran innovación en este punto de la sociedad esclavista- que, como hoy sabemos, siempre se ve limitada en lo que a desarrollo tecnológico se refiere por su proscripción del trabajo libre-, no pudo, sin embargo, multiplicar en lo suficiente el número de libros y solventar su gran problema editorial: la pérdida de muchas de las obras producidas al cabo de unos años.

Desde la caída del Imperio hasta el período que abarca los siglos que van del XII al XV -el período conocido como Alta Edad Media- no hubo grandes avances en la técnica editorial más allá de cambios en la escritura manuscrita (invención de la minúscula y el intento de unificar grafías acometido por Carlomagno) y la posesión de códices fue monopolizada por las bibliotecas monacales, eclesiásticas y reales. Las primeras desempeñaron un papel trascendental en la conservación de importantes obras del mundo pagano y constituyeron el germen de las primeras universidades europeas. Su aparición en el s. XII, coincidente con el primer ascenso de la burguesía artesanal y comercial, incrementó la demanda de libros especializados y, con ello, la necesidad de producirlos a menor coste. El papel, invento chino 12 siglos anterior, irrumpe en Europa dentro de este contexto para acabar convirtiéndose, definitivamente, en el formato por excelencia que adoptaría el libro en todas las latitudes combinándose con el primer ejemplar de imprenta moderna, creado por Johanes Gutenberg mediado el s. XV. Fue este uno de los más importantes productos del genio humano no solo por la multiplicación del número de libros y el consiguiente abaratamiento de los mismos que propició, sino porque puso fin a la pérdida de obras que el proceso de copia manuscrita de los libros provocaba.

El paso de la elaboración puramente artesanal al modelo manufacturero inaugurado con la adopción de la imprenta tuvo las mismas consecuencias que el mismo tránsito en otros ramos laborales. Los trabajadores altamente cualificados, los copistas y miniaturistas que copiaban e iluminaban los manuscritos con sus ilustraciones, se vieron sustituidos por trabajadores parciales especializados: tipógrafos, impresores o grafistas, entre otros. No obstante, su grado de cualificación aún resultaba bastante elevado, como muestra la decoración de los libros impresos de los s. XVI, XVII y XVIII, siguiendo las tendencias artísticas de la época (barroco, rococó etc.). El siglo XIX, con el advenimiento de la gran industria maquinizada, y sobre todo el XX, debido al empleo de nuevas fuerzas motrices y a una maquinaria más sofisticada, volvió a incrementar en número significativo la producción librera, en particular, y la producción impresa en general con la generalización de la prensa escrita y la literatura política de folleto.

El último gran salto cualitativo que ha experimentado el objeto libro, la digitalización de estas primeras décadas del s. XXI, es todavía muy reciente y no nos encontramos en una posición que permita juzgarlo con la suficiente perspectiva histórica. Sin embargo, sí podemos apreciar la disociación que ha permitido realizar. Previamente a la digitalización, si alguien quería comprar, por ejemplo, un diálogo de Platón y un libro de recetas de cocina había de adquirir dos objetos distintos y separados, dos libros. La identidad entre contenido y continente era aquí total; la digitalización ha roto esta identidad limitada y durante mucho tiempo indisoluble entre continente y contenido, posibilitando que, actualmente, exista la posibilidad de que bajo un solo continente se agrupen los más diversos contenidos y abriendo con ello un nuevo horizonte para el libro que le es dado explorar a nuestra generación.

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